Canelo Álvarez y Christian Mbilli tienen suficientes problemas esperándolos entre las cuerdas como para agregar uno que ninguno puede resolver con los guantes.
Su pelea del 31 de octubre en Riad continúa en los planes, pero la escalada del conflicto entre Arabia Saudita y los hutíes de Yemen obliga a mirar esta cartelera desde un ángulo bastante menos agradable que el de los cinturones, las bolsas y los pronósticos. La pregunta empieza por algo elemental: en qué condiciones van a pelear.
La inquietud tiene fundamento. Reuters informó este domingo 25 de octubre que la coalición encabezada por Arabia Saudita anunció nuevas interceptaciones de drones y misiles sobre Riad y otras zonas del país.
El aeropuerto de la capital, cuyas operaciones habían quedado suspendidas después de un ataque mortal, comenzó a recuperar servicios. Ese es el entorno en que debe desarrollarse la semana de una de las peleas más importantes del calendario.
Conviene poner un límite a cualquier conclusión. Estos hechos no permiten afirmar que el recinto del combate será atacado ni que los organizadores carecen de medidas de protección. Sí hacen insuficiente una respuesta basada únicamente en la confianza de los promotores.
La seguridad de una cartelera comprende también los aeropuertos, los traslados, los hoteles y la posibilidad de salir del país si las circunstancias cambian.
EL BOXEO EN LUGARES NO TAN LIMPIOS
El boxeo conoce desde hace mucho esa mezcla de grandes negocios, gobiernos poderosos y escenarios políticamente incómodos. Muhammad Ali y George Foreman protagonizaron en 1974 una de las noches más extraordinarias del deporte en el Zaire de Mobutu Sese Seko.
El dictador encontró en aquella pelea una oportunidad para proyectar internacionalmente a su régimen, mientras el mundo miraba hacia Kinshasa para saber si Ali podía sobrevivir a la pegada del campeón.
Un año después, Ali y Joe Frazier llevaron su tercera batalla a las Filipinas de Ferdinand Marcos. También allí el espectáculo servía a los intereses de un gobernante autoritario. Los grandes campeones atraían una atención que esos gobiernos estaban dispuestos a pagar, y el boxeo aceptaba viajar donde apareciera el dinero.
Ahora bien, sería demasiado cómodo describir aquellos países como lugares completamente seguros porque sus dictadores ejercían un control férreo. La represión nunca ha sido garantía de tranquilidad para todos.
La diferencia relevante para esta comparación es otra: organizar una pelea bajo un régimen autoritario y celebrarla mientras la ciudad anfitriona enfrenta ataques aéreos plantean problemas distintos. Un cordón de seguridad puede controlar el acceso a un estadio. Tiene un alcance mucho menor frente a una amenaza que llega desde cientos de kilómetros.
LA MENTE LO ES CASI TODO EN LA PELEA
Y ahí aparece la cuestión deportiva. ¿Puede todo esto afectar la concentración de Canelo y Mbilli? Puede, aunque sería irresponsable asegurar que ya les está ocurriendo.
Desconocemos cómo procesa cada uno la situación en privado y qué información reciben sus equipos. Su disposición a pelear tampoco permite medir cuánto les preocupa el entorno.
La semana de un combate exige una rutina delicada. Hay que descansar, ajustar el peso, atender compromisos y repasar un plan sin desgastarse antes de tiempo. Si a esas obligaciones se incorporan dudas sobre vuelos, cambios de horarios o llamadas de familiares preocupados, aparece una carga adicional. No hace falta imaginar a un boxeador paralizado por el miedo. Basta con pensar en alguien que dedica al entorno una atención que normalmente reservaría para su rival.
En el caso de Canelo, la experiencia podría ayudarlo a poner distancia. Ha vivido suficientes noches importantes para conocer el valor de conservar energía y no responder a cada estímulo.
Pero su boxeo necesita precisión, paciencia y claridad para encontrar el contragolpe. Ante un rival que busca imponer presión, una decisión apresurada puede obligarlo a trabajar más de lo previsto.
Mbilli tampoco tendría una ventaja automática por proponer una pelea más intensa. Presionar bien exige disciplina. Debe escoger cuándo entrar, cómo cerrar las salidas y en qué momento protegerse de la respuesta.
Si la ansiedad lo empujara a acelerar sin orden, podría ofrecerle a Canelo las oportunidades que pretende quitarle. Ningún estilo queda protegido de antemano frente a una preparación alterada.
ENTRE LA CAUTELA Y LA PREOCUPACIÓN
También cuentan las esquinas. Los entrenadores necesitan pensar en ajustes, recuperación y estrategia. Cuantas más decisiones ajenas al boxeo deban atender, mayor será el esfuerzo necesario para preservar esa rutina. Parte del trabajo de los organizadores consiste precisamente en ofrecer información clara y condiciones que permitan a los equipos concentrarse en competir.
Por eso me incomoda que una discusión de seguridad termine convertida en una prueba de valentía. Canelo y Mbilli ya aceptan un riesgo considerable cuando se enfrentan. No necesitan demostrar coraje ante una amenaza militar, y pedir garantías no le resta hombría a nadie. Si las condiciones obligaran a trasladar o aplazar la función, correspondería evaluarlo sin tratar esa posibilidad como una derrota.
Ojalá la noche transcurra con normalidad y el debate termine donde debe terminar: en lo que hagan los dos sobre el cuadrilátero. Pero la grandeza de un espectáculo también se mide por el criterio de quienes lo organizan. Una fecha puede recuperarse.
La obligación de cuidar a los peleadores, sus equipos, los trabajadores y el público debe cumplirse antes de que suene la primera campana.



