Milwaukee apenas empieza a disfrutar su campeonato y el béisbol ya tiene una preocupación que no cabe en el trofeo.
Después de una Serie Mundial que puso a los Cerveceros y a los Rays en el centro de la conversación, llega un invierno en el que podríamos hablar mucho de abogados y muy poco de firmas. La próxima temporada todavía tiene tiempo para salvarse, pero sería un error darla por segura.
El convenio colectivo entre las Grandes Ligas y el sindicato de peloteros vence el 1 de diciembre. Es el acuerdo que establece las condiciones de trabajo y buena parte de las reglas económicas del negocio.
Si no hay entendimiento, los propietarios pueden decretar un cierre patronal. Los reportes actuales apuntan a que esa es la salida que preparan, aunque al 29 de octubre todavía no se ha producido.
COMO SE EXPLICA ESTO
Conviene explicar esa expresión antes de que termine mezclada con todo lo demás. En una huelga, los trabajadores dejan de trabajar. En un cierre patronal, los empleadores les cierran la puerta.
En este caso, los dueños impedirían la actividad laboral de los jugadores cubiertos por el conflicto para presionar la negociación. Eso congelaría firmas y cambios de esos peloteros y les impediría utilizar las instalaciones de sus equipos.
El vencimiento del convenio, por sí solo, no obliga a parar. El cierre sería una decisión de los propietarios. Y que ocurra durante el invierno tampoco significa que automáticamente se pierda la temporada. Entre cerrar las puertas en diciembre y cancelar partidos de calendario hay varios meses de negociaciones, presiones y oportunidades.
El centro de la pelea se entiende sin necesidad de estudiar economía. Los dueños quieren poner un límite obligatorio a lo que cada club puede gastar en su nómina. Los jugadores rechazan ese techo porque limita el mercado en el que venden su talento. La discusión enfrenta dos maneras de organizar el negocio y repartir sus ingresos.
La propuesta inicial de MLB combina un máximo de 245.3 millones de dólares por equipo para 2027 con un mínimo de 171.2 millones. Son cifras calculadas bajo la contabilidad de nóminas del impuesto de lujo, que incluye beneficios y otros conceptos. El máximo obligaría a bajar a los que más gastan; el mínimo, a subir a los que menos invierten. Todavía es una propuesta, no una regla aprobada.
Para el aficionado de un equipo que lleva años vendiendo a sus mejores peloteros, esa segunda parte puede resultar atractiva. Obligar al dueño a invertir tiene sentido.
El problema es que el sindicato considera que el precio exigido a cambio, aceptar un límite de gasto, compromete la capacidad de negociar salarios. Bruce Meyer, quien encabeza las negociaciones sindicales, volvió a expresar una oposición frontal antes de la Serie Mundial.
IMPUESTOS Y PREOCUPACIONES
Hoy existe un impuesto que castiga a los clubes que superan determinados niveles de nómina. Un equipo puede excederse y pagar las consecuencias económicas.
Con un techo obligatorio, llegado el límite tendría que detenerse. Para un jugador que busca contrato, la diferencia es muy concreta. Puede encontrar un club dispuesto a contratarlo que ya no tenga autorización para gastar.
Los propietarios defienden el cambio como una manera de mejorar el equilibrio competitivo. Mi preocupación es que se venda la idea de que limitar a los que más pagan basta para arreglar el béisbol. También hace falta conseguir que los que menos invierten tengan incentivos y obligaciones reales para competir.
La Serie Mundial que acabamos de ver vuelve especialmente interesante el debate. Milwaukee y Tampa Bay demostraron hasta dónde pueden llegar la formación de talento, las buenas decisiones y una organización coherente. Su éxito no elimina las diferencias económicas. Tampoco permite afirmar que gastar menos sea una condena inevitable. Es una advertencia contra las explicaciones demasiado cómodas.
EL PELIGRO ES GRANDE, LATENTE
Entonces, ¿cuánto peligro corre el inicio de 2027?
Mi lectura es que un cierre durante el invierno parece probable y que el riesgo de retraso es serio. Pero no hay una base pública sólida para asignarle hoy un porcentaje responsable a la posibilidad de que la temporada arranque tarde. Una probabilidad de cierre en diciembre tampoco equivale a una probabilidad de perder partidos en primavera.
El calendario será el termómetro. Un acuerdo durante el invierno dejaría margen para organizar los campamentos. Si llegan a febrero sin acercarse, aumentará la preocupación por la preparación de los jugadores. Si el conflicto entra en marzo, la presión sobre el comienzo de la campaña será mucho mayor. Es una evaluación del riesgo, no una fecha oficial de cancelación.
El antecedente de 2022 ofrece esperanza y una advertencia. Aquel cierre duró 99 días y el acuerdo llegó el 10 de marzo. La temporada empezó el 7 de abril, una semana después de lo previsto, pero se recuperó el calendario de 162 juegos. Salvar todos los partidos y comenzar puntualmente son dos cosas diferentes.
Solución puede haber. Una salida sería negociar mejoras al sistema actual, con cambios en el impuesto de lujo, las obligaciones de inversión, el reparto de ingresos y la remuneración de los jóvenes. Otra exigiría que las partes aceptaran discutir una estructura nueva con garantías suficientes. Estas son posibles vías de compromiso, no acuerdos que ya tengan aprobación de ambos bandos.
El obstáculo es evidente. Si los dueños consideran indispensable el techo y los jugadores consideran indispensable impedirlo, no alcanza con discutir una cifra algo más alta o algo más baja. Alguien tendrá que modificar una posición de fondo. El dinero que perderían ambos con partidos cancelados puede empujarlos hacia un acuerdo, pero no garantiza que lleguen a tiempo.
Y hay personas que no participan en esa mesa y también pagan la cuenta. Trabajadores de estadios, pequeños negocios y familias que organizan sus vacaciones alrededor del béisbol tienen mucho menos margen para soportar el conflicto. Es demasiado fácil hablar de resistencia cuando el sacrificio también lo hacen otros.
Milwaukee se ganó el derecho de celebrar y su gente merece disfrutarlo. El béisbol debería aprovechar esa emoción para llevar aficionados hacia la próxima temporada. Ojalá propietarios y jugadores entiendan que la paciencia del público también tiene un límite, aunque ese no aparezca en ninguna propuesta salarial.



