Javier Oyarzabal llegó a la UFC por una puerta que empezó a abrir mucho antes de abandonar la competencia.
Mientras aprendía a pelear, también iba descubriendo que podía ganarse la vida enseñando, aunque todavía le faltaba resolver una dificultad que conoce cualquiera que haya intentado transmitir lo que sabe. Hoy, como entrenador en Miami, el argentino recuerda aquel primer desafío con una frase sencilla que explica buena parte de su recorrido.
«Yo aprendí a pelear, ahora hay que ver si lo puedo transmitir y poder enseñar», cuenta Oyarzabal, quien comenzó a impartir clases de kickboxing en 2005. «No es lo mismo hacerlo que enseñar».
Lleva más de dos décadas dedicado a esa tarea y sigue hablando de aprendizaje. Cuando se le propone llamarlo maestro por su capacidad para trabajar tanto el golpeo como la lucha, prefiere una palabra que le resulta más cómoda. «No sé si un maestro, pero un especialista te diría».
Para alcanzar esa formación estudió las disciplinas por separado y después se ocupó de integrarlas, un proceso que primero le sirvió dentro de la jaula y que ahora sostiene su trabajo con otros peleadores.
El comienzo, como el de tantos muchachos argentinos, tuvo una pelota de fútbol de por medio. Era un niño activo, dispuesto a probar deportes y con una inclinación por la pelea que recuerda sin rodeos.
A los 12 años se mudó con su familia a Uruguay, donde vivió durante seis años, practicó pádel y conoció a un argentino que era campeón de muay thai. Al regresar a su país lo contactó y empezó a entrenar. Aquel encuentro terminó por encaminarlo hacia las artes marciales.
Sin embargo, fue en Brasil donde empezó a comprender que todo aquello podía convertirse en una profesión. Ya tenía conocimientos de boxeo y muay thai cuando recibió un consejo que todavía recuerda.
Aprender jiu-jitsu, le dijeron, podía ser una inversión en su futuro tan seria como cursar una carrera universitaria, porque le permitiría enseñar, convertirse en entrenador y algún día tener un gimnasio.
«Ahí empecé a ver más por ese lado, no tanto por el lado del peleador profesional», explica. La posibilidad de construir una vida alrededor del deporte empezó a tomar forma mientras profundizaba en el trabajo sobre la lona. Se enamoró del jiu-jitsu, compitió con kimono y sin él, y terminó reuniendo sus herramientas para dar el paso hacia las artes marciales mixtas.
Su primera pelea profesional duró alrededor de un minuto y medio. Ganó por guillotina y, al recordar qué sintió, Oyarzabal vuelve al tiempo que había pasado entrenando para llegar hasta allí. «Sentí que después de todos esos años de haber entrenado tanto, había valido la pena».
Después vinieron campeonatos y combates que lo hicieron conocido en el circuito argentino, además de una anécdota que conserva de sus presentaciones en Arena Tour. Diego Maradona asistió en una ocasión, se tomó una foto con él y lo felicitó.
De aquella etapa también guarda un conocimiento menos visible que una victoria o una fotografía. Competir lo obligó a descubrir cómo respondía ante las lesiones y los problemas que podían empujarlo a dejarlo todo. «Lo que más descubrí es que soy más fuerte de lo que pienso», afirma. Cuando habla de ocasiones en las que pudo rendirse, aclara que se refiere a las dificultades de su vida y su carrera, a esos momentos que se resuelven mucho antes de que un árbitro dé la señal de combatir.
DE LA COMPETENCIA AL MAGISTERIO
La enseñanza le planteó otra clase de examen. Saber ejecutar una técnica no le garantizaba que pudiera explicarla, corregirla o conseguir que alguien más la incorporara.
Tuvo que buscar métodos, aprender a transmitir y desarrollar confianza en su capacidad para hacerlo. Ese sigue siendo el centro de su oficio, aunque el nivel del alumno y las exigencias de la competencia vayan cambiando.
Trabajar con su compatriota Ailín Pérez le permitió conocer la UFC desde la esquina. Oyarzabal habla de esa experiencia como una oportunidad de aprender y de asumir nuevos desafíos, con la satisfacción de haber llegado a un escenario que no alcanzó durante su carrera competitiva. «Como no llegué como peleador, llegué como coach», dice.
La exposición de una figura reconocida no cambia, según explica, la dedicación que pone en sus alumnos. Con un atleta de alto nivel, que suele contar con varios entrenadores, su intervención puede concentrarse en una materia específica y permitirle profundizar más en ella. Pero la atención y el compromiso parten del mismo lugar. «Cuando te dedicás a entrenar a alguien, te dedicás a eso», asegura.
Ahora quiere reunir esa experiencia en un espacio propio. «Mi meta es tener mi gimnasio, esa es la meta que tengo ahora en la cabeza. Y llegar lo más lejos posible».
Sabe que Miami ofrece un mercado competitivo para los deportes de combate, pero considera que hay lugar para trabajar. La idea que comenzó a tomar forma en Brasil sigue pendiente, después de las peleas, las primeras clases y la llegada a la UFC. Oyarzabal quiere abrir las puertas de su gimnasio con todo lo que ha aprendido y con la disposición de seguir aprendiendo de quienes entrenen allí.



