Hay peleas que terminan cuando el árbitro interviene y otras que parecen acompañar al derrotado mucho después de abandonar el vestuario. Se quedan en la manera de entrar a la distancia, en esa mano que tarda en salir, en la duda que aparece donde antes había una certeza. Los entrenadores llevan años advirtiéndolo: una paliza puede quitar bastante más que un cinturón. Lo difícil es saber cuánto se llevó hasta que llega la siguiente pelea.
Fabio Wardley volvió a encontrarse con Daniel Dubois este sábado y el desenlace dejó una inquietud que merece atención. El hombre que en mayo había derribado dos veces a su adversario antes de sucumbir en el undécimo asalto apenas pudo sostenerse en una revancha que terminó en el segundo. Dubois lo tumbó muy temprano y su esquina acabó lanzando la toalla. Entre una pelea y otra hubo meses de preparación, pero sobre el cuadrilátero la distancia entre ambos pareció haber crecido.
Sería demasiado cómodo explicar todo diciendo que Wardley quedó destruido desde aquel primer encuentro. Dubois también cuenta. Su poder cuenta. La decisión de imponerlo desde el comienzo cuenta. Un derechazo recibido en los primeros segundos puede desbaratar el mejor de los planes sin necesidad de buscar explicaciones en el pasado. Pero sería igualmente superficial descartar la pregunta: ¿había terminado Wardley de recuperarse de aquella guerra antes de meterse en otra contra el mismo hombre?




