Antes de que los grandes escenarios del boxeo profesional conocieran el poder de Wilfredo Gómez, La Habana recibió una demostración que permitía adivinar lo que venía.
En agosto de 1974, un puertorriqueño de apenas 17 años ganó el oro del peso gallo en el primer Campeonato Mundial de Boxeo Aficionado. Lo hizo sin dejar ninguno de sus cuatro combates en manos de los jueces. Cuba, tierra de campeones y de una afición capaz de reconocer el talento ajeno, fue el escenario de aquella presentación de grandeza.
Gómez falleció el sábado por la noche a los 69 años, según confirmó su hijo, Wilfredo Gómez Jr., a Telemundo. Con su muerte, Puerto Rico pierde a uno de sus deportistas más importantes y el boxeo despide a un campeón cuyo nombre sigue siendo referencia obligada cuando se habla de las 122 libras.
CUANDO ENCANDILÓ A LA HABANA
Para recordar cómo comenzó a construir ese lugar, conviene regresar a aquel adolescente que llegó a la capital cubana mucho antes de convertirse en el célebre “Bazooka”.
El Mundial de La Habana tenía una dimensión especial. Era la primera edición de un torneo que reunía a las grandes escuelas del boxeo aficionado, con 274 participantes de 45 países en el Coliseo de la Ciudad Deportiva.
Cuba terminó al frente del medallero con cinco títulos, impulsada por figuras como Teófilo Stevenson, Emilio Correa y Rolando Garbey. Ganar allí exigía abrirse paso entre rivales de categoría, dentro de una competencia que estaba escribiendo su propia historia.
El boricua ya había conocido un escenario internacional de máxima exigencia. Con 15 años representó a Puerto Rico en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, donde perdió su primer combate. Dos años después, su evolución había sido considerable.
En los Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo derrotó al campeón olímpico cubano Orlando Martínez y conquistó el oro del peso gallo. La Habana iba a ofrecerle una oportunidad todavía mayor de mostrar hasta dónde había llegado,
EN BOCA DE TODOS
Su recorrido en el Mundial fue breve en minutos y contundente en resultados. Detuvo al peruano Miguel Viti en el segundo asalto, noqueó al polaco Krzysztof Madej también en el segundo y despachó al francés Aldo Cosentino en el primero de la semifinal.
En un deporte donde el margen entre avanzar y quedar eliminado puede reducirse a unos pocos golpes, Gómez resolvía sus compromisos con una autoridad extraordinaria para su edad.
En la final lo esperaba el cubano Luis Jorge Romero. Era la prueba decisiva contra un representante del país anfitrión, pero tampoco ese combate llegó al límite. Gómez lo terminó en el segundo episodio y se convirtió en campeón mundial de los 54 kilogramos.
Cuatro adversarios, cuatro victorias antes de la campana final. El muchacho de Puerto Rico había ganado el derecho a que su nombre comenzara a circular mucho más allá del Caribe.
UNA MIRADA DISTANTE PERO QUE PERDURA
Vista desde la distancia, aquella actuación ayuda a comprender al profesional que vendría después. La capacidad para terminar las peleas ya estaba allí, sometida a la prueba de un campeonato mundial.
La promesa tenía resultados concretos. En una ciudad donde el boxeo ocupaba un lugar privilegiado, Gómez dejó una marca que conserva su fuerza medio siglo después.
El salto al profesionalismo llegó ese mismo año, aunque el debut terminó con un empate frente a Jacinto Fuentes en Panamá. Después comenzó a acumular victorias por nocaut hasta conquistar su primera corona profesional, el título supergallo del Consejo Mundial de Boxeo, ante el surcoreano Dong Kyun Yum en 1977. Gómez cayó en el primer asalto de aquella pelea y se recuperó para ganar en el duodécimo. También sabía levantarse.
En las 122 libras construyó su obra más perdurable. Realizó 17 defensas exitosas y terminó todas por nocaut. Mantenerse campeón supone superar rivales que estudian cada movimiento y se preparan para encontrar una debilidad.
Gómez sostuvo ese dominio durante años, con una contundencia que explica por qué su reinado continúa siendo una medida de excelencia en la división.
La victoria sobre Carlos Zárate y la durísima batalla ante Lupe Pintor quedaron entre los capítulos esenciales de su carrera. También conoció derrotas frente a hombres de la talla de Salvador Sánchez y Azumah Nelson.
Su recorrido incluyó triunfos, castigo y noches en las que debió reconocer la superioridad del rival, como ocurre incluso con los campeones más grandes. Amplió su colección de títulos al vencer a Juan La Porte por la corona pluma en 1984 y a Rocky Lockridge por la superpluma en 1985.
SENCILLAMENTE INOLVIDABLE
Cerró su trayectoria con 44 victorias, 42 por nocaut, tres derrotas y un empate. En 1995 ingresó al Salón de la Fama Internacional del Boxeo, reconocimiento a una carrera que había cumplido ampliamente aquella promesa juvenil.
Puerto Rico lo despide con el orgullo y el dolor que acompañan la partida de sus grandes campeones. Para los aficionados cubanos, su nombre también invita a regresar a La Habana de 1974, al primer Mundial y al muchacho que ganó sus cuatro peleas sin necesitar una decisión.
Allí quedó una de las primeras imágenes del extraordinario peleador que sería Wilfredo Gómez. Tenía 17 años y todavía mucho por conquistar.



