Raisel Iglesias necesitó apenas tres lanzamientos para asegurar una victoria que los Bravos no podían dejar escapar. Un elevado en territorio foul, la pelota en el guante de Austin Riley y asunto resuelto. Atlanta venció 3-2 a los Dodgers e igualó la Serie Divisional de la Liga Nacional, con el cubano encargado de poner el último out en una noche que acababa de complicarse.
Porque cuando Iglesias salió del bullpen, el Dodger Stadium tenía motivos para creer en una remontada. Max Muncy había conectado un jonrón ante Didier Fuentes con dos outs en el noveno y reducido la diferencia a una carrera. Los Bravos recurrieron entonces al derecho de la Isla de la Juventud, quien dominó al emergente Josue De Paula y apagó la amenaza antes de que pudiera crecer.
Un salvamento de un solo out puede parecer poca cosa cuando se revisa la estadística al día siguiente. En octubre, sin embargo, ese out puede determinar el rumbo de una serie.
Atlanta estaba a un swing de perder la ventaja y a una derrota de regresar a casa contra la pared. Iglesias hizo lo que se espera de un cerrador de primer nivel, entrar con el margen reducido y evitar que el problema pasara al próximo bateador.
CONFIANZA EN EL MOMENTO CLAVE
Ahí está una de las razones por las cuales el cubano se ha convertido en uno de los cerradores más sólidos del béisbol. Su valor se entiende mejor cuando se observa la confianza que inspira en situaciones como esta.
A los 36 años, combina un repertorio capaz de cambiar velocidades con la experiencia de quien conoce las exigencias del oficio. El bateador puede resolver con un solo contacto; el lanzador tiene que ejecutar desde el primer envío.
Este fue su segundo rescate de la actual postemporada, después del conseguido ante los Phillies en la Serie de Comodín. En tres presentaciones acumula dos entradas y un tercio sin permitir carreras ni conceder boletos.
Todavía no ha registrado un ponche, un detalle que también recuerda algo elemental, para cerrar un juego no hace falta terminar cada turno con el bateador caminando hacia el dugout. Un contacto manejable sirve igual cuando detrás hay una defensa que responde.
Conviene mantener la medida. Son apenas tres apariciones y queda mucho camino para hablar de un octubre consagratorio. Iglesias llegó a esta postemporada con una efectividad de 6.75 en sus participaciones anteriores, un antecedente que impide presentar su historia en los playoffs como un recorrido sin tropiezos.
Este comienzo le ofrece la oportunidad de mejorar ese registro y trasladar a los juegos de eliminación la estabilidad que se espera de él.
También merece crédito el trabajo colectivo de Atlanta. Michael Harris II impulsó la ofensiva y el cuerpo de relevistas sostuvo una noche en la que los Bravos necesitaron repartir la responsabilidad desde el inicio. Iglesias completó esa labor. Su intervención fue breve, pero llegó justo cuando el jonrón de Muncy había devuelto la incertidumbre al marcador.
La serie vuelve a Atlanta empatada y el cubano sigue sumando argumentos en el escenario donde más pesa cada error. Para un equipo que pretende avanzar, disponer de un cerrador confiable significa poder defender hasta la última ventaja estrecha.
Iglesias se ha ganado ese lugar, y el domingo le bastaron tres lanzamientos para recordar por qué los Bravos ponen la pelota en su mano cuando queda lo más difícil.



