Si usted necesita ver una gorra de los Yankees o una camiseta de los Dodgers para sentarse frente al televisor en octubre, esta Serie Mundial le propone un pequeño ejercicio: mirar el terreno antes de cambiar el canal. Allí encontrará razones suficientes para quedarse.
Los Rays y los Cerveceros quizá no tengan el poder de convocatoria de aquellas marcas, pero tampoco llegaron al último baile porque alguien les regalara una invitación.
Conviene empezar por un detalle que el ruido de los mercados pequeños amenaza con esconder: Milwaukee ganó 103 partidos y Tampa Bay 98. Fueron los mejores equipos de sus respectivas ligas durante la temporada regular y ahora vuelven a encontrarse en la cima después de pasar por el filtro de octubre.
¿Cuántas veces pedimos que la Serie Mundial reúna a los mejores? Pues aquí están. Resulta curioso reclamar excelencia durante seis meses y después ponerle reparos porque viene vestida con otro uniforme.
Hay, desde luego, una conversación legítima sobre audiencia, anunciantes y alcance nacional. Los grandes clubes arrastran generaciones de aficionados, rivalidades heredadas y una presencia que atraviesa fronteras.
Eso tiene valor. Lo que todavía nadie ha demostrado es que una multitud mayor frente a la pantalla garantice un mejor partido. El tamaño del mercado sirve para vender publicidad; para sacar el último out hacen falta otras virtudes.
CORONAR UN NUEVO REY
Milwaukee acaba de ofrecer una prueba difícil de discutir. Barrió a los Dodgers, los bicampeones defensores, para regresar a la Serie Mundial después de 44 años. Cuatro victorias consecutivas contra un rival de semejante categoría merecen algo más que un encogimiento de hombros. Si Los Ángeles era una razón para mirar esta postemporada, el equipo que lo eliminó debería provocar, por lo menos, curiosidad.
También estará en juego algo que el aficionado reconoce enseguida: la posibilidad de ver una primera vez. Ninguna de estas franquicias ha ganado una Serie Mundial.
Milwaukee conserva la espera que dejó su participación de 1982; Tampa Bay carga con las oportunidades que se escaparon en 2008 y 2020. Alguien levantará un trofeo que nunca ha tenido en sus vitrinas. Detrás de esa escena habrá familias enteras que llevan años imaginándola. Esa clase de emoción no necesita vivir en Nueva York para ser inmensa.
EL CHOQUE DE ESTRELLAS
Y están los jugadores. Junior Caminero y Jackson Chourio ofrecen una razón excelente para acercarse a esta final: el placer de ver a figuras jóvenes cuando todavía están escribiendo la parte de su historia que después todo el mundo recordará.
Las estrellas también necesitan escenarios donde hacerse más grandes. Octubre puede convertir un swing, una carrera entre bases o una atrapada en la imagen que acompañe a un pelotero durante toda su vida. Caminero y Chourio tendrán esa oportunidad bajo las luces más exigentes.
Para el público cubano hay, además, un motivo con nombre propio: Yandy Díaz. El hombre anunció después del quinto encuentro que Tampa Bay ganaría el siguiente y respaldó su confianza con un jonrón de dos carreras en el partido que aseguró el banderín.
Caminero también sacó la pelota aquella noche. Entre ambos ayudaron a cerrar la puerta de Cleveland y a abrir la del Clásico de Otoño. Ver a Yandy perseguir ese anillo tiene un atractivo que ninguna discusión sobre índices de audiencia puede borrar.
EL AJEDREZ DEL DIAMANTE
Esta Serie también invita a prestar atención a lo que sucede entre un batazo y otro. Kevin Cash destacó el carácter atlético de ambos equipos al conocerse el enfrentamiento.
Esa característica puede darle movimiento al espectáculo: corredores que obligan al lanzador a dividir su atención, defensores exigidos a tomar decisiones rápidas y una base adicional capaz de cambiar el desarrollo de una entrada. Cuando hay velocidad y ejecución, hasta una pelota que permanece dentro del parque puede levantar a todo un estadio.
Habrá igualmente razones para mirar desde el montículo. Drew Rasmussen viene de limitar a Cleveland a una carrera en siete entradas en el quinto juego de la Serie de Campeonato. Una actuación así recuerda cuánto puede pesar un abridor capaz de avanzar profundo y darle descanso al relevo.
En una final, esa ventaja puede sentirse al día siguiente, cuando un dirigente dispone de un brazo fresco y el otro empieza a revisar opciones que preferiría guardar. Allí también se construyen los campeonatos.
El enfrentamiento tiene otra virtud: obliga al espectador neutral a descubrir. Sin la costumbre de seguir siempre a los mismos protagonistas, habrá que aprender quién responde bajo presión, quién convierte un turno largo en una oportunidad y quién aparece desde el banco para decidir una noche. Una Serie Mundial puede ganarse nuevos personajes mientras se juega. El desconocimiento inicial del aficionado es apenas el punto de partida.
Eso tampoco obliga a vender una obra maestra por adelantado. Podría haber partidos desiguales, ofensivas apagadas o una serie más corta de lo esperado.
Sucede con cualquier combinación de finalistas, incluidas las más celebradas. Lo que sí existe aquí es una base deportiva sólida para esperar buenos juegos y suficiente historia pendiente para que cada victoria tenga peso.
El viernes, cuando se lance la primera pelota en Milwaukee, habrá dos equipos tratando de conseguir algo que sus aficionados nunca han celebrado. Vale la pena acompañarlos. Quizá esta Serie Mundial tenga menos espectadores de los que MLB quisiera. Los que decidan verla pueden terminar agradeciendo haber mirado más allá de las gorras.



