Luis Hernández acaba de vivir 11 días que probablemente recordará mientras viva, porque hace menos de dos semanas todavía intentaba convencer a Dana White de que merecía un contrato y ahora ya puede decir que no solamente pertenece a UFC, sino que también sabe lo que significa ganar dentro de su octágono.
Y de qué manera lo hizo. Hernández necesitó apenas 58 segundos para someter con una guillotina a Sedriques Dumas y completar un debut que parecía escrito por alguien con demasiada imaginación.
No hubo necesidad de esperar a los jueces ni de recorrer tres asaltos para demostrar que estaba preparado para semejante oportunidad. Encontró el cuello, cerró la llave y, cuando Dumas se rindió, terminó de completar una transformación vertiginosa: en apenas 11 días pasó de aspirante en el Dana White’s Contender Series a peleador contratado y ganador en UFC.
Todo esto me hace regresar inevitablemente a una frase que Hernández me dijo cuando conversamos antes de que comenzara esta pequeña locura. Hablábamos de Stipe Miocic, uno de los grandes campeones de peso pesado que ha tenido UFC y un hombre cuya historia siempre llamó la atención de Luis por una razón que iba mucho más allá de cinturones, nocauts o récords. Miocic fue capaz de competir al máximo nivel mientras mantenía su trabajo como bombero, y Hernández, miembro del Miami-Dade Sheriff’s Office, encontró en él la prueba de que no necesariamente había que escoger entre una profesión y un sueño.
“Si otra gente lo puede hacer, ¿por qué yo no?”, me dijo entonces.
No se trataba de compararse deportivamente con Miocic ni de colocarse antes de tiempo al lado de una leyenda. Hernández todavía no había realizado siquiera su primera pelea en UFC y el estadounidense de raíces croatas construyó durante años una carrera extraordinaria hasta convertirse en campeón mundial.
Lo que Luis veía en Miocic era algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: la posibilidad de ser dos cosas a la vez, de cumplir con una responsabilidad fuera del deporte y regresar después al gimnasio para perseguir una ambición que exige prácticamente la vida entera.
Por eso lo ocurrido en estos 11 días tiene un significado especial. Hernández llegó al Contender Series entendiendo perfectamente que aquella noche no bastaba con ganar. Había que convencer a Dana White, había que provocar emociones y había que demostrar que su estilo podía funcionar en una compañía donde cada pelea es también una audición ante millones de ojos.
Fue hacia delante, castigó el cuerpo de su rival y peleó con esa urgencia de quien sabe que determinadas oportunidades aparecen una sola vez. Cuando finalmente escuchó las palabras “Welcome to the UFC”, confesó que durante unos segundos todo pareció detenerse. “Todos los sueños míos están pasando ahora mismo”, recordó sobre aquel instante.
Lo que no sabía era que prácticamente no tendría tiempo para disfrutarlo. Una lesión de Mickey Gall abrió un espacio en la cartelera y UFC necesitaba un sustituto para enfrentar a Dumas.
Hernández había dicho durante nuestra conversación que, si lo llamaban para pelear en una semana, estaría preparado, y la vida decidió comprobar muy pronto si hablaba en serio. La llamada llegó, Luis aceptó y volvió inmediatamente al trabajo, porque después de pasar tantos años esperando que una puerta se abriera no tenía sentido comenzar a hacer preguntas cuando finalmente apareció ante sus ojos.
La respuesta del sábado difícilmente pudo ser más contundente. Hernández entró al octágono con la tranquilidad de alguien que parecía haber estado allí muchas veces, aunque era la primera, y antes de que hubiera transcurrido un minuto ya todo había terminado.
La guillotina sobre Dumas no solamente le dio su primera victoria en UFC, sino que confirmó algo que había repetido desde antes de conseguir el contrato: no quería llegar a la compañía para decir algún día que estuvo allí; quería quedarse, avanzar y construir algo importante.
Tal vez esa mentalidad tenga mucho que ver con el camino que recorrió antes de llegar hasta aquí. Hernández comenzó en el fútbol americano, encontró después la lucha y terminó descubriendo las artes marciales mixtas en un gimnasio donde coincidió con figuras cubanas como Yoel Romero.
Todo esto sucedía mientras avanzaba también en su carrera policial, obligándolo a organizar una vida en la que casi nunca sobra tiempo. Trabajo, familia y gimnasio han tenido que convivir durante años, con seis o siete sesiones de entrenamiento semanales, jornadas de dos prácticas y ocasiones en las que incluso ha realizado tres.
La pregunta ahora resulta inevitable. ¿Será Luis Hernández el próximo Stipe Miocic? Sería injusto colocar semejante peso sobre sus hombros después de una sola victoria en UFC.
Miocic llegó a la cima de un deporte despiadado, conquistó el cinturón de los pesos pesados y dejó una huella que necesitaría años para ser siquiera comparada. Hernández apenas comienza y vendrán rivales más difíciles, noches en las que las cosas no funcionarán con la facilidad de estos 58 segundos y momentos en los que UFC le exigirá respuestas que todavía no ha tenido que ofrecer.
Pero todas las grandes historias necesitan un primer capítulo y resulta complicado imaginar uno mejor que este. Hace 11 días Luis Hernández esperaba saber si Dana White le permitiría entrar por la puerta. Hoy tiene un contrato, una victoria por sumisión en menos de un minuto y la certeza de que aquella vida dividida entre el uniforme, la familia y el gimnasio podía llevarlo hasta el escenario que durante tantos años había imaginado.




Muchas felicidades, Jorge, en esta nueva etapa! Soy fiel seguidor de tu trabajo y de tu gran cobertura en el boxeo y las MMA. Te deseo el mayor de los éxitos en este nuevo camino; que sigan los grandes reportajes y las historias de altura. ¡Un abrazo fuerte!