El boxeo actual tiene una habilidad casi quirúrgica para fabricar espejismos y vendérselos al público a precio de oro. La última “joya” que vaga por las oficinas de los promotores y los escritorios de las plataformas de streaming es un hipotético enfrentamiento entre Shakur Stevenson y Manny Pacquiao. Un combate concebido como plato coestelar para aderezar la mentada supercartelera británica entre Tyson Fury y Anthony Joshua.
Decir que esta pelea es un despropósito es quedarse corto. La sola idea de formalizar este duelo no es solo una falta de respeto al legado de un inmortal, sino el síntoma de una enfermedad crónica que carcome al deporte en este 2026: la preferencia absoluta del espectáculo comercial sobre la meritocracia deportiva.




